La gente nos teme

La gente nos teme porque somos diferentes,
temen nuestra oscuridad 
y asumen el desamparo al que sus titilantes velas
en puertas y ventanas les someten,
se persignan y en dolorosa genuflexión
imploran a su Dios resignados
mientras en el fondo de sus mortales corazones
se saben abandonados 
pues nosotros somos también dioses,
de las tinieblas y los avernos,
dioses sangrientos y sin conmiseración
que al igual que su celestial padre
podemos dar y quitar la vida...

vida, esa terrible enfermedad que padecen
llena de sufrimientos y leves placeres;
nos temen porque nosotros no languidecemos,
no sentimos ni albergamos aquello de lo que ellos adolecen:
Angustia, agonía, falta de esperanza...
temen la caducidad de su corto destino
y los sinsabores que ese devenir les augura.

La gente nos teme y en su espanto
escriben a golpe de pecho rencores y envidias,
celos de una inmortalidad que jamás poseerán,
ambición de una eternidad plena de juventud y dicha;
la gente tatúa su resentimiento en el abismo de sus almas
y buscan pretextos para asediarnos,
rivalizan con nuestras majestuosas penumbras
y ensalzan la luz de su rey astro,
nos maldicen e invocan a todos sus ángeles y santos
profiriéndonos condenas a fuegos eternos
y cenizas a las que sólo su sol puede someternos.

¿Y qué si ardemos?
Muertos somos y muertos siempre seremos,
pero jamás nadie podrá terminar con el gran poder,
el inacabable don que las tinieblas nos ofrendó,
por más que insistan 
un vampiro siempre será ese sueño inalcanzable,
esa quimera en el espejo absurdo de sus ojos mortales
que quisieran siquiera sólo de lejos rozar
y jamás, nunca serán.

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"Bienvenidos siempre a mi etéreo hogar de tinieblas, lóbrego lugar donde la letra oscura se desangra".
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