La voz de los muertos

Nadie nos escuchaba y sabíamos
que el ciprés con su estática silueta
poco abrigo habría de darnos,
no hay consuelo ni cobijo
cuando uno dormita sempiternamente
en la glaciar y musgosa tumba.

Nadie recordaba,
las rosas desgranaban su carne putrefacta
sobre nuestra carne putrefacta
y en las cavernas profundas y negras
de nuestros ojos vacíos
ni tan siquiera el llanto
con ese goteo incesante que en otros tiempos
de lágrimas nos anegaba,
ni tan siquiera eso nos quedaba.

Nadie y la nada,
salvo algún gato que de cuando en cuando
su contorno paseaba entre cruces y epitafios,
o algún cuervo que en estrépito graznaba
o en la noche alguna lechuza, algún búho
y a veces a lo lejos de algún reloj
una campana que en su tañer
anunciaba la hora...
hora sin tiempo
cuando el tiempo deja de ser
para los que hace mucho que hemos muerto.

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"Bienvenidos siempre a mi etéreo hogar de tinieblas, lóbrego lugar donde la letra oscura se desangra".
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