En la inmensidad de la noche

A tres palmos de un fatídico silencio,
de una bruja con gesto córvido
que porta candil y sonrisa histriónica,
a tres palmos de esa vieja soledad
que a los no muertos gusta en manosear,
abrazar y seguir cual monótona sombra.

A tres palmos de un subsuelo donde mi ataúd queda
mudo, hondo, abisal entre sedas y ocres terciopelos,
a tres palmos de las gargantas que burbujean trotes
como corceles a punto del desboque
sobre ésta anciana aldea rodeada de lóbregos bosques.

A tres palmos de toda humanidad
abro mis alas y tomo aire,
mascullo brevemente alguna que otra maldición
y me deleito en la infinitud de la hermosa noche.

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"Bienvenidos siempre a mi etéreo hogar de tinieblas, lóbrego lugar donde la letra oscura se desangra".
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