De rojo

Vistes de rojo
enfureciendo a la noche en su llegada
y en la antesala de sus puertas oscuras
te derramas en ríos sanguinolentos
incendiando las tinieblas con tus púrpuras venenosos,
llamándome en un musitar incesante
para que entregue, sin dudar un instante,
la nívea curva de mi cuello
a la insaciabilidad de tu boca hambrienta.

El osario

¿Y cuántos habrá en el osario
con la mano equivocada en el brazo errado?
¿Y cuánto viento danzando 
ese vals de los huesos
que tristes han quedado olvidados?
¿Cuántas memorias arrancadas
al oscuro abismo de la fosa
y ahora solas, ajadas
en la profundidad de ese negro agujero?
¿Cuántas lágrimas quedan ya
en las lápidas sin muerto?
¿Cuántas penas, cuántos lamentos?
¿Cuántos son los que habitan
en la abandonada boca del silencio?

Fue sin querer

Fue sin querer 
que evoqué lienzos negros,
brunas sombras ocultando tu figura,
ilusa y falsa, sempiterna en mis rincones.

Fue sin querer 
que imaginé telarañas,
grises trazos cosidos
en tus labios llenos de mentiras.

Fue sin querer
que apagué las luces confiando
en que la oscuridad se tragase
el falso brillo de tus malditas pupilas.

Fue sin querer...

y quiero creer
que fue sin querer
que te fuiste,
para siempre, sin adiós,
sin siquiera despedirte.

Ahora, que vivimos siempre muertos

Y ahora, que vivimos siempre muertos,
¿Volverán los pájaros a trinar 
o sempiternamente rugirá el silencio?
¿Tendremos que rogar al cielo su lluvia
para rememorar lágrimas?
¿La rosa crecerá en la tierra
o siempre permanecerá cortada,
agonizante sobre nuestra gélida lápida?

Ahora que vivimos siempre muertos,
estamos condenados a vagar,
fantasmales y etéreos,
sobre ésta orilla donde nadie llega,
en éste otro lado oscuramente ennieblado,
a tientas, ciegos y mudos
en mitad de un océano lleno de huecos lamentos.

No sé por qué

No sé por qué mis ojos permanecen
como aquella gota de agua que en la rosa
parece que quiere caer y nunca llora,
mis ojos marchitos y prendidos de aquél gesto,
aquél último gesto que tu mano dibujó en el aire...

No sé por qué tu adiós quedó escrito,
tatuado en en cada pequeña partícula de ésta habitación,
tu adiós imperecedero como el perfume de la flor
donde la gota que titila sigue sin caer.

No sé por qué siento tanto frío
y casi me atrevo a pensar que he muerto,
mis manos apenas sostienen la copa
y mis labios apenas sorben la absenta,
a lo lejos incluso parece que las hojas de los árboles
sonasen a réquiem, como si el mismísimo Mozart
tocase para mí su “Lacrimosa”.

No sé por qué veo una y otra vez tu despedida
esculpiéndose cual estatua en aquella puerta,
no sé por qué todo de repente se ha vuelto noche
y donde estaba tu silueta...se me aparece fantasmal
la soledad...y mi voz,
no sé por qué, le dice: Entra.
© Si copias algún poema No Olvides citar el Autor o el Blog: Ingrid Vórtazar - poesiaoscurapoesiavampirica.blogspot.com (©todos los derechos reservados en cada uno de los escritos publicados)