¿Por qué reías?

Te empeñabas en sembrar cadáveres sobre tu sombra,
regabas la tierra sobre la que levitabas con su sangre,
desperdiciándola, mientras una mueca histriónica
asomaba en la curvatura de tu extraña sonrisa.

Mascullabas maldiciones sobre una eternidad inconclusa,
sobre los defectos de la noche, a la que increpabas
vomitando tu furia.

Volaste una o dos veces alejándote,
luego regresaste cabizbajo, arrodillándote,
de tu mano colgando uno o dos cráneos,
de sus gargantas, ríos granates que se derramaban...

No comprendí la locura de tus actos,
no entendí cuando tus ojos se alzaron
y se clavaron cual estacas en los míos,
no supe descifrar el rumor vertiginoso de tu voz,
ni aquél grito justo antes de abalanzarte...

Saltaste sobre mí y yo hundí mi mano en tu pecho,
arranqué tu corazón mientras tu boca se abría...
tu carcajada quebró el silencio, hueca,profunda,
¿Por qué reías? 

Amaneció y entregué tu cuerpo al hambre del sol.
Más tarde, desde la soledad de mi cripta
me pareció seguir escuchando tu risa...
desde lo más profundo de tus inertes cenizas.

Se nos murió el alma

Se nos murió el alma
de tantos años tiznados de negro,
de tanto abismo y grieta...
donde jamás llegó luz alguna,
ni naufragó, siquiera por azar,
un latido, un pálpito,
un sentimiento.

Se nos murió el alma,
se quedó hueca de lágrimas,
desértica y marchita,
como las flores en otoño,
como las hojas de los árboles
cuando caen yertas sobre la fría tierra.

Se nos murió el alma
y se llenó de tinieblas,
se embriagó de noches y silencios,
de soledades perpetuas...
y nos devoró,
se tragó todo aquello que nos habitaba
para convertirnos en lo que somos:
Criaturas nocturnas
bailando un vals inmortal
sobre la delgada línea,
infinito horizonte
donde la sangre palpita.

Matar a un vampiro

Me llamas cobarde
por esperar impaciente la llegada del alba,
por abrir el macabro umbral de tu morada
y permitir que la luz toque tu pálido cuerpo,
insultas mi osadía y
¿Cuál habría sido la valentía
de aparecer, frágil víctima
en ese amparo nocturno en el que te cobijabas?

No hay duda en mi afrenta,
ni amilanamiento en ésta mi mano
cuando inserta certero puñal a tu alma.

¡Asesino! Me increpas
mas no soy yo quien busca como alimento
esa sangre que eterniza tu negra existencia.

¡Muere maldito!
Que tu cabeza quede separada de ese infecto cráneo,
que la luz cegadora del sol te incendie
y tus cenizas se las lleve la furia del viento.

Muere ahora y para siempre,
que no me tiemblan las manos
ni me remuerde conciencia alguna,
no te temo, no te odio,
que la única causa de éste premeditado homicidio
es la envidia,
codiciar tu inmortalidad,
ansia de vida...

Muere para que mi corazón sepa
que la eternidad...también caduca,
y que hasta lo más imperecedero
puede llevar escrito un final
en alguna de sus interminables páginas.

Un vampiro no ama

Sesgas el aire con tu rumor constante,
me evocas como si fuera un espectro
y esperas que aparezca ante ti,
quimérica ilusión,
mientras tus labios murmuran
palabras que me hablan de amor.

Querido humano;
ningún sentimiento habita mi negro corazón,
nada me conmueve, 
nada me estremece,
nada hay que palpite en el abismo de mi alma.

Tal vez,
en un lejano acto de vacua conmiseración,
tal vez...

pudiera recoger tus lágrimas
en esa copa donde mora la sangre,
beberme tu melancolía,
escribir tu nombre
en el libro de la oscuridad
y tal vez, de cuando en cuando,
recordarte, mas...
¿De qué serviría?

Te arrodillas y gimes promesas
insistiendo en un "para siempre"
y no entiendes, iluso,
que el amor no existe en las tinieblas,
no entiendes
que un vampiro no acaricia: Desgarra,
un vampiro no besa: Muerde,
un vampiro no ama: Mata.

Secuestraré tu nostalgia
en un único gesto de negra caridad,
abriré con mis sombras senderos
en los granates del crepúsculo
y confiaré...
en que apagues el murmullo de tu voz
y huyas
antes que la sed despierte
en la profundidad de mis entrañas,
antes que mi monstruosa sed me invada.

Aquí te entierro, aquí te olvido

Allí quedaron los harapos de tus versos,
descosidos, ocres y arrugados
sobre la mesa donde alguna vez
estuvo tu mano...

Aquí un reino de fantasmas,
el espectro de ese silencio
y aquellas mentiras que tus labios
delinearon a la espalda,
bajo tu faz oscura,
donde la sombra de tu risa
era, a fin de cuentas, una mísera falacia.

Allí, en la ventana, el suspiro 
que alguna vez tu boca dejó volar,
ave sin retorno, carroñera y desleal;
no creas que mi boca no sabía,
no intuía de tu musitar embustero
mas ¿Por qué no dejarse besar?
Aún sabiendo que ese gesto era daga...
¿Qué importa ya la puñalada?

Aquí te entierro,
en ésta tumba de piedra y herrumbre,
aquí dejo el ataúd de tu memoria
y la osamenta putrefacta de tu infamia,
aquí...en la fosa de lo que ha muerto,
en el abismo de las cosas marchitas,
en la región perdida de los eternos silencios
confiando en que te devore el tiempo
y tus míseras cenizas se reúnan
con los ajados restos de tus versos.

Aquí, mi último beso,
sobre tu fría lápida,
mi beso pérfido e irónico
sobre el cadáver de tus indignos labios
para que nunca olvides
quien, sobre tu tumba
echó, de tierra, la última palada,
quién, sobre tu tumba
dijo...la última palabra.

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